domingo, 13 de abril de 2014

Tortuga Bay y el sorprendente encuentro con los tiburones

Tortuga Bay es una de las playas de la isla Santa Cruz (Galápagos), ubicada a un costado de la ciudad.  Para llegar a su hermosa arena blanca es necesario caminar alrededor de tres kilómetros por una vía habilitada para el efecto, rodeada de maravillosos cactus, pinzones, lagartijas y en general vegetación de la zona. 

A causa de la distancia es importante ir aprovisionados de suficiente líquido, pues en momentos el calor es fuerte; o obstante, el esfuerzo vale la pena.

Al final de la vía está la playa con una arena que se mantiene fría, pese a la temperatura exterior y provoca caminar sobre ella sin calzado.  Según el guía, esto se debe a que está compuesta básicamente de restos de conchas.  Sin embargo, el primer tamo del mar está vedado para los bañistas, debido a la fuerza de las olas que más bien son aprovechadas por los surfistas.  El recorrido continúa unos quince minutos más por la playa, hasta llegar al área de manglares donde se forma una pequeña bahía de aguas calmas en las que es posible bañarse, nadar, practicar snorkel, etc.

Pero antes de arribar a este sitio pudimos observar el tranquilo nado de pequeños tiburones, prácticamente a la orilla del mar.  Las límpidas aguas nos permitían observarlos nítidamente y disfrutar de un espectáculo que al principio generaba temor dados los antecedentes que tenemos de los escualos, traídos por las producciones cinematográficas en las cuales son protagonistas de ataques al ser humano.  Pero estos eran distintos.  Especies calmadas que hasta parecían sonreírnos y solo cambiaban de expresión cuando estaban a punto de chocar con los pies del intruso. (ver video adjunto)



En las partes bajas de la bahía también es posible divisar bancos de pequeños peces que cambian su curso al sentir de cerca a los visitantes, mientras a un costado se alimentaban los cangrejos con las algas impregnadas en las rocas.

Los pelícanos esperaban para atrapar su comida y de rato en rato se daban un clavado en el agua para obtenerlo.  En tanto, tres parejas de iguanas tomaban sol en la arena, sin inmutarse por lo que pase a su alrededor.


Así pasaron las horas en este divino paraje, hasta que llegó el momento de la larga caminata de retorno.



martes, 8 de abril de 2014

Las Grietas, en la isla Santa Cruz

A un costado de la ciudad de Puerto Ayora, capital de la isla Santa Cruz, está un sitio fascinante enclavado entre paredes verticales de grandes rocas volcánicas, en cuyo fondo aparece una agua azulada salobre: Las Grietas.


Para llegar a Las Grietas es necesario abordar un taxi fluvial en el muelle de Puerto Ayora, el que por menos de un dólar por pasajero, nos lleva hacia otro muelle muy cercano (menos de cinco minutos de distancia) donde se desembarca e inicia una caminata de alrededor de veinte minutos hasta el destino de llegada.

El turista generalmente tiene expectativa por lo que verá en ese sitio, no obstante durante todo el trayecto existe mucho por apreciar tanto en fauna, flora, geografía e incluso costumbres de la localidad.  El camino está señalizado adecuadamente, de tal manera que si el visitante acude sin guía, no se perderá o desviará.

Junto al muelle y a lo largo de una cuarta parte del camino se aprecian edificaciones de hoteles y viviendas particulares con aire europeo, que en general son propiedad de extranjeros que se asentaron en el lugar y en algunos casos acogen a turistas. 


A medida que avanzamos custodian la orilla de la ruta los gigantes cactus endémicos de las islas, que pueblan toda el área en cinco variedades distintas.  Su altura y forma impresionan y rompen los estereotipos de sus familiares que habitan en el territorio continental ecuatoriano.   Hay muchos tan altos, que la parte baja de su tronco (expuesto a la mirada de los caminantes) da la idea de estar cubierto por una madera barnizada y texturizada por la mano del hombre.

De estas plantas comen tranquilamente los pinzones, que solo se detienen un momento en su ajetreada labor, al sentir la mirada de los turistas o la cercanía de los lentes de las cámaras fotográficas.

Toda la ruta está diseñada sobre roca volcánica, que sirve también como bordillo del camino, por lo que se hace necesario usar calzado cerrado y con labrado para evitar lastimarse los pies.

En algunas áreas hay pequeños espacios que guardan agua de mar, ingresada durante alguna corriente alta y en cuyo alrededor creció mangle.

Mi caminar se interrumpe incesantemente debido al paso apresurado de las lagartijas, que en momentos se detienen desafiantes exhibiendo la hermosa combinación de colores en su cuerpo: café, rojo, amarillo, negro azulado, etc. y que solo huyen cuando sienten que mis manos se acercan con la cámara fotográfica.

Cuando estábamos al menos a la mitad de nuestro destino llaman la atención unos grandes espacios de agua empozada y hasta fétida, pero con bellas tonalidades rosáseas.  Se trata de piscinas de sal o salinas donde el agua marina que ingresó se evapora por la exposición al sol y deja la sal que luego será usada para “salar” el bacalao que se comercializará al continente para la elaboración de la Fanesca, platillo tradicional de consumo en la Semana Santa.

El recorrido y el calor agotan, sin embargo arribar a Las Grietas vale todo el esfuerzo.  Al llegar se lo hace a la parte superior, por lo que es necesario descender al menos unos cien metros entre gigantes rocas volcánicas.  Afortunadamente existen unas escaleras de madera adecuadas para bajar sin mayor riesgo.  Al fondo de está nos espera agua cristalina entre azulada y verdosa que deja ver las rocas de sus costados.  El gran premio del día es nadar en estas, donde también se puede hacer algo de buceo superficial (snorkel). 

El agua es relativamente fría y permite nadar con facilidad.  Al descansar sobre alguna roca y ubicarse allí sin movimiento, se puede observar a curiosos peces que se acercan a reclamar por la invasión de su espacio, pero se alejan rápidamente ante la mínima acción del intruso.


Mirar hacia arriba nos permite reconocer las maravillas de la vida y la naturaleza dispuestas en esas dos paredes verticales con rocas perfectamente adosadas, que solo dejan el espacio suficiente para la entrada del sol que da vida a esa agua prácticamente estática, pero que cambia conforme sube la marea.  Sí, el paraíso existe, y este sitio es parte de este.

domingo, 6 de abril de 2014

Crónica de un viaje turístico a Galápagos: la parte alta de Santa Cruz

Viajar en un tour tiene ciertas ventajas, una de ellas es que siempre tienes un guía a disposición, no solo para los recorridos turísticos, sino también para la logística.
Cumplidos todos los trámites necesarios para abandonar el aeropuerto de Baltra, en las islas Galápagos, te espera un guía quien a más de darte la bienvenida, te lleva a tomar uno de los buses que las compañías aéreas ponen a disposición de sus pasajeros para transportarlos desde la terminal hacia el Canal de Itabaca, en un recorrido no mayor a diez minutos sobre camino asfaltado.

En ese lugar hay que abordar un transporte fluvial para cruzar los 800 metros de mar que separan la isla Baltra de Santa Cruz y que se superan en unos siete minutos.  Una vez en tierra es necesario abordar alguno de los servicios de transporte que esperan en el lugar y nos llevan hacia el otro extremo de la isla, donde está el centro poblado y capital de la misma: Puerto Ayora.
El trayecto es por una carretera de primer orden, bastante lineal (a diferencia de las que hay en el continente) que en momentos asciende ligeramente por áreas cubiertas de vegetación exuberante que se deja ver gran parte del camino.  Llegar a Puerto Ayora toma alrededor de 45 minutos, el primer destino será el sitio de alojamiento donde es posible tomar un breve descanso, refrescarse, mudarse de ropa y almorzar, como paso previo al inicio del recorrido turístico agendado.

Parte alta de Santa Cruz y rancho Primicias

Lejos de lo que nos podríamos imaginar, en Santa Cruz existen zonas extensas dedicadas a la agricultura y ganadería que dan sustento a la población local y visitantes.  Pese a que su suelo está compuesto principalmente por roca volcánica, las partes altas de la isla (menos de mil metros sobre el nivel del mar) son tierra fértil para cultivos, introducidos desde los primeros años de su colonización.  Árboles de guayaba y maracuyá llamaron mi atención por sus frutos y aroma, así como las abundantes enredaderas de sandía. 

Hay una propiedad privada dedicada a esta actividad económica y en la cual además habitan libres varias tortugas, por lo que se ha convertido en visita obligada de los viajeros.  Se denomina Rancho Primicias, donde las tortugas caminan, comen y descansan tranquilamente bajo la mirada curiosa de los llegados, quienes no pierden la oportunidad de fotografiarse con ellas. 

Además exhiben varios caparazones de tortugas que facilitan entender su lento caminar y estructura física.  La columna vertebral está en la parte superior del caparazón, por lo que cuerpo y cubierta son uno solo.  Se puede apreciar la diferencia entre la estructura de los machos y las hembras, ya que la parte baja del caparazón es plana en las segundas y cóncava en los primeros.  Esto para que durante el apareamiento, el caparazón del macho se mantenga equilibrado sobre el de la hembra.
Además ahí es posible ingresar a un túnel de lava (una especie de caverna) formado enteramente por roca volcánica.  Iluminado para minimizar los riesgos durante un corto descenso, en su interior se miran distintas capas rocosas que están bajo el suelo y que se explican por el origen volcánico de las islas.

Los Gemelos

Situados también en la parte alta de Santa Cruz, son dos grandes hoyos a manera de cráteres, denominados Los Gemelos, cuya formación se presume fue el resultado del colapso o hundimiento de materiales superficiales dentro de fisuras o cámaras subterráneas.  Algo así como una implosión que dejó una gran circunferencia de paredes rocosas, cuyo interior fue absorbido por la tierra.  Con el paso de los años, sobre las piedras creció abundante vegetación mucha de ella introducida (como las moras de monte) que tapan el fondo del cráter. 
Es posible circundar toda el área, en una caminata por senderos previstos, durante la cual se puede observar variedad de aves y la presencia de uno de los árboles endémicos de Galápagos: la Scalesia.

Empieza a caer la noche y por tanto es hora de retornar al hotel.  Así termina el primer día en las “Islas Encantadas”. 

miércoles, 2 de abril de 2014

Crónica de un viaje turístico a Galápagos (parte uno)

El Archipiélago de Colón o provincia insular de Galápagos en un destino impensable para los ecuatorianos que gustamos de viajar.  Los días de feriado o vacaciones siempre nos hacen soñar con ir al menos a la playa, pero a la más cercana a nuestro lugar de origen, que en el caso de los quiteños es la costa de la provincia de Esmeraldas (alrededor de cinco horas de trayecto por carretera).

Sin embargo, es una constante mirar en los medios de comunicación reportajes que exhiben la belleza de ese conjunto de islas que parecerían estar muy lejos de nuestras añoranzas.  Se nos hace más cercano, económico y atractivo ir a Cartagena o Panamá, que pensar en esta lejana jurisdicción ecuatoriana ubicada a 972 km. de la costa del país y a una hora y media de Guayaquil (en avión).

El archipiélago que fue anexado a Ecuador en febrero de 1892 (bajo la presidencia de Juan José Flores), y constituido como provincia en febrero de 1973.  Es el resultado de actividad volcánica en el fondo marino, del que emergieron 13 grandes islas, seis pequeñas y 107 rocas e islotes.  De todo su territorio, apenas el tres por ciento está habitado y el 97 % restante forma parte de una reserva natural protegida.

Su variedad única en el mundo de flora y fauna le valió el reconocimiento de la Unesco como Patrimonio Natural de la Humanidad (1979), lo que sin duda atrae la mirada de habitantes de distintas partes del mundo, que son en su mayoría quienes la visitan permanentemente.
Con todos estos antecedentes, una simple ecuatoriana clase media como me reconozco, decidió darse la oportunidad de constatar in situ todo lo que había visto o escuchado de las Galápagos y no solo por los medios de difusión masiva, sino directamente a través de las narraciones de una de sus amigas y excompañera de trabajo, quien es originaria de este paradisíaco lugar.

La planificación de un viaje a las “Islas Encantadas” empieza varios meses antes.  Buscando ofertas de paquetes turísticas en distintas agencias de viaje, cotizando pasajes, viendo itinerarios, buscando sitios de interés por conocer y sobre todo, buscando el presupuesto necesario para cumplir con el cometido.

La idea rondó mi cabeza por un lapso mayor a un año, tiempo en el que me puse como objetivo concretarlo aprovechando un motivo especial, que en mi caso fue el aniversario número 25 de matrimonio o “Bodas de Plata”.  Por esta razón la gira, por así decirlo, tendría que ser para dos personas.

Esa antelación facilitó una planificación holgada del presupuesto, que a la hora final excedió la expectativa creada; pero ya con las maletas listas en la mente, no habría poder en el mundo que me haga retroceder.

En fin, meses antes empecé a visitar páginas web o de redes sociales de agencias de viaje que ofrecían tours, me comuniqué con varias de ellas para que me envíen sus propuestas conforme a la idea que tenía en cuanto a tiempo de estancia e islas que me interesaban conocer (o al menos aquellas que estaban dentro de mi cálculo económico).  Finalmente me decidí por una que me vendía un paquete para visitar Santa Cruz e Isabela, durante cinco días y cuatro noches en un “land tours” (recorrido en tierra), en el que estaba previsto conocer varios sitios y cumplir actividades diversas. 

Cabe aclarar que es posible visitar Galápagos en cruceros que gran parte del tiempo pasan navegando y al “fondearse” (atracar) en un puerto, desembarcan a sus pasajeros para que efectúen “land tours”.  Estos son llamados tours navegables.

Como dato adicional, personalmente consideré la opción de contratar independientemente el tour, de los pasajes de avión.  Las aerolíneas TAME, Aerogal y LAN ofrecen viajes a Galápagos tanto desde Quito como Guayaquil.  Para quien pueda abordar desde esta última ciudad, el costo del pasaje será menor.

Los paquetes de viaje generalmente son bajo el sistema todo incluido (excepto tasas establecidas para este archipiélago), y este lo era. Una vez concretado el tour, y cerca de dos meses antes de la fecha prevista de salida, adquirí prácticamente los últimos sitios en uno de los vuelos matutinos que parten desde el aeropuerto internacional de Quito.  Desde allí hasta el día de la travesía, todo fue espera, hasta que llegó la fecha señalada.

El desplazamiento hacia el aeropuerto Mariscal Sucre en Tababela es largo y algo presionado por el temor a que intenso tránsito vehicular impida una llegada a tiempo.  Afortunadamente todo se cumplió con normalidad. 

Ya en la terminal aérea, el primer paso es acudir a la ventanilla del SICGAL (Sistema de Inspección y Cuarentena de Galápagos) donde se adquiere la Tarjeta de Control de Tránsito (una especie de visa para entrar a esta provincia), a un costo de diez dólares (para viajeros nacionales).  Posteriormente todo el equipaje pasa por una revisión para prevenir que desde el continente se introduzca plagas, enfermedades o especies invasivas o introducidas que afecten la biodiversidad de las especies nativas y endémicas locales.  Una vez efectuado el mismo colocan un sello de seguridad en cada maleta.

Los siguientes pasos son los rutinarios para un viaje aéreo: ir a la ventanilla de la aerolínea, verificar su pasaje, entregar las maletas, pasar a la sala de preembarque y finalmente abordar el vuelo.

Los aviones comerciales con ruta a Galápagos siempre hacen escala en Guayaquil.  Suben y bajan pasajeros, se aprovisionan de combustible y emprenden marcha al destino final.
Una vez en las islas, nuestro vuelo aterrizó en el aeropuerto de Baltra (hay otros que pueden llegar a la isla San Cristóbal).  Luego del desembarque es necesario hacer filas distintas según el origen de los viajeros: residentes, nacionales y/o extranjeros.  Allí funcionarios revisan la Tarjeta de Control, se quedan con una parte de ella y piden conservarla en buenas condiciones hasta la salida de la provincia y recaudan una tasa de seis dólares por concepto de ingreso al Parque Nacional Galápagos (es decir toda el área protegida).  De allí la rutinaria acción de esperar el equipaje y salir con este, pero antes de hacerlo, funcionarios cortan y retiran los sellos de seguridad que fueron colocados en Quito.

Lo que sigue será motivo de una nueva entrega.

jueves, 6 de junio de 2013

Fiesta del Corpus Cristi en Pomasqui


Yumbos autóctonos provenientes de Rumichuco

Pomasqui es una parroquia rural, ubicada al norte del Distrito Metropolitano de Quito.  Es un valle semiárido fundado por clérigos en 1573.  Su población es mayoritariamente católica y sus festividades más destacadas tienen que ver con la religión.

Este 1 de junio celebraron el Corpus Cristi (Cuerpo de Cristo), una tradición católica de las culturas andinas del Ecuador que fue implantada por los conquistadores españoles para rivalizar con el Inti Raymi (ceremonia indígena en honor al sol).

Según la historia, esta fiesta se remonta al año 1192 y está destinada a celebrar la eucaristía y aumentar la fe de los creyentes en Jesucristo, simbolizado en el Santísimo Sacramento.

Una de las priostas de la fiesta
En Pomasqui se escoge con un año de anterioridad a los priostes de la fiesta quienes serán los encargados de financiar los actos que incluyen rezos de novena, celebraciones religiosas, entrega de refrigerios y un desfile con la participación de comparsas, bandas de pueblo, pirotecnia y quema de castillos.
   
El sábado 1 de junio cada prioste desfiló por las principales calles del pueblo con sus comparsas y banda de pueblo.  Durante el trayecto se encendían voladores que estallaban en el cielo con su sonido característico.


Comparsa de la Yumbada
Las comparsas tienen personajes diversos, pero los que no pueden fallar son los Guiadores o Yumbos que representan a los habitantes de la zona del noroccidente de la provincia de Pichincha.  Su danza ritual es conocida como la “matanza del yumbo”.  Mientras van por las calles bailan en círculos, en línea recta o entrecruzándose.  En sus descansos lanzan sonidos producidos por el silbido de una caja de resonancia hecha con sus manos sobre la boca.


Un "Santopadre"

Personajes singulares y no vistos antes en fiestas tradicionales del país se constituyen los “Santopadres” que visten con atuendos similares a los de los monaguillos y cubren su rostro con una capucha bicolor.  Cada uno lleva un recipiente con un brevaje que puede variar en su composición pero generalmente tiene ajo, ají, sal, agua o aguardiente.  Los Santopadres van saltando todo el tiempo y con un gran hisopo que llevan en la mano, untan en la boca de las personas descuidadas (boquiabiertas) el preparado, dejándoles un mal sabor que no pasará pronto.  Por ello quienes están de espectadores, llevan su boca tapada durante todo el evento.


El desfile llega a la plaza central donde los participantes bailan con alegría frente al público que allí se ha congregado.  Luego, y ya entrada la noche, inicia la quema de castillos al cabo de la cual se reparte comida a los participantes con lo que concluye la celebración…. hasta el año venidero.

Comparsa de los danzantes del Corpus Cristi de Pujilí
Comparsa de danzantes de Cayambe

Una de las bandas de pueblo a cuyo son danzaron los participantes
encabezados por sus respectivos priostes.
El payaso es un personaje fundamental en las fiestas populares andinas.
Su gracia  y alegría hacen el deleite de los espectadores
Comparsa de los "Santopadre"
Comparsa de "Los Pendoneros" de Imbabura
Danzantes del Corpus Cristi de Pujilí

Punto culminante del desfile: la presentaciónen la plaza central de Pomasqui, al pie de la  iglesia,
donde los "Yumbos" escenifican la danza de la matanza del cerdo.







  

domingo, 12 de mayo de 2013

Del ruido de la ciudad a la tranquilidad de un poblado subtropical, sin salir del Distrito Metropolitano

A un poco más de dos horas de Quito, por el noroccidente, está la parroquia de Pacto.  Pertenece al Distrito Metropolitano de la capital y es un poblado agrícola y ganadero apacible, de clima subtropical y que ofrece muchos atractivos para la distracción el descanso de los citadinos.

Para llegar a Pacto se toma la carretera Calacalí-Nanegalito.  Una vez en Nanegalito es necesario ir hacia la derecha por la misma ruta que lleva hacia el Museo de Sitio de Tulipe.  En realidad Tulipe y Pacto tienen una relación muy estrecha que se develará más adelante.

La alcaldía quiteña adecuó el Museo de Tulipe en el sitio donde, según las investigaciones arqueológicas, se asentó un centro ceremonial del pueblo Yumbo (quienes habitaron el sector hace aproximadamente 1 200 años).  Los yumbos plasmaron en obras monumentales sus conocimientos de astronomía, geometría, arquitectura, etc.  En su interior se puede conocer detalles de la cultura de este pueblo y observar la réplica de un petroglifo cuya versión original está en Pacto.

A unos minutos del museo está la población de Gualea.  Sus habitantes ofrecen a orillas de la carretera caña de azúcar, vinos, aguardiente y sobre todo panela.

Finalmente se llega al último destino, donde termina el camino: Pacto.  Con algo más de seis mil habitantes, esta parroquia tiene un paisaje que conjuga la vegetación de costa y sierra, la que influye en su producción.  Ahí podemos encontrar variedad de frutas tropicales, e incluso muchas poco conocidas en las grandes ciudades; así como palmito, café, guabas, maíz, plátano, yuca y principalmente la caña de azúcar que facilita la producción de sus derivados.

El pueblo en sí tiene pocas manzanas con viviendas que conjugan las casas bajas de sus primeros pobladores con casas modernas de varios pisos.  El parque central está encabezado por la iglesia y a su costado izquierdo la terminal de las cooperativas de transporte.  Todo está en calma, parecería incluso que nadie vive ahí, y es que la mayoría dedica su tiempo a sus tierras y ganado.  Claro que la vitalidad renace los domingos de feria, cuando vienen los campesinos desde los alrededores para vender sus cosechas y al mismo tiempo aprovisionarse de todo lo necesario para los días subsiguientes.

A simple vista el visitante podría desencantarse de este lugar pequeño, que no ha logrado aun desarrollarse turísticamente, pero basta con dialogar con cualquier pactense para saber que hay muchos lugares que valen la pena visitar.

Carla Freire, de apenas 19 años, nació y creció en Pacto.  Sus padres heredaron de sus abuelos una finca donde crían ganado vacuno y algunos caballos que les sirven como medio de transporte.  Ellos se dedican al cultivo de palmito y principalmente café, que luego de cosecharlo y secarlo, lo venden a una cadena de cafeterías quiteñas.  Ella cuenta que su pueblo natal está rodeado de afluentes y que cada uno de ellos tiene sendas caídas de agua dulce que se pueden aprovechar para tomar un baño.  Sitios como la cascada El Gallo de la Peña, los bados de las Piedras Yumbas, bados del río Chirapi, cascadas de la Chorrera, del Progreso, de Buenos Aires, las Mariposas, las del río Mashpi, la del Saguangal y las límpidas aguas del río Pachijal ofrecen muchas opciones de acuerdo a las posibilidades físicas y de aventura del turista, asegura esta joven mujer.

Por su recomendación nos dirigimos al a cascada de Gallo de la Peña, considerada como la de más fácil acceso, pues se llega luego de unos 15 minutos de caminata.  El río ofrece aguas cristalinas en las que nadan apacibles pequeños peces que solo se revolotean cuando entra un bañista.  Si el intruso se queda de pie un momento, puede sentir pequeños picotones provocados por estos seres acuáticos.  Todo esto en medio de una vegetación espesa, dominada por grandes hojas de plantas subtropicales.

Alrededor de un kilómetro aguas arriba, no solo se puede disfrutar el agua y la naturaleza, sino apreciar en vivo los petroglifos de los Yumbos.  Esta era un tipo de escritura realizada en piedras, basada en la utilización de círculos concéntricos, espirales y diseños antropomorfos, cuya réplica se exhibe en el museo de Tulipe.

Grandes rocas dan cuenta de los conocimientos que tenía este pueblo y cómo los proyectaba a través hace más de un siglo atrás.  Sin duda el espectador se sentirá invadido por una especie de admiración y respeto por nuestros antepasados.

Pero Pacto no es solo naturaleza sino también el esfuerzo de su gente.  Otra opción para visitar son las fincas agroturísticas, donde se puede conocer todo el proceso de la caña de azúcar, hasta convertirse en panela.  La Asociación Cumbres de Ingapi que reúne a 17 miembros, permite al visitante participar de la cosecha de la caña, extraer su jugo, filtración, cocción, moldeo de la panela o su transformación en polvo y finalmente el empacado.  Esta agrupación cuenta con un certificado de agricultura biológica, debido a las excelentes condiciones sanitarias en la siembra y cosecha de la caña y elaboración de la panela, según nos cuenta Alexis Oviedo, un adolescente hijo de uno de los miembros del gremio y quien nos sirve de guía para esta visita.

Alexis, a más de estudiar en el colegio, participa en las actividades de la finca de su padre donde a primera hora de la mañana inicia el proceso de elaboración de la panela.  Está muy entusiasmado porque a través de la Asociación, han abierto nuevos mercados.  Ahora distribuyen entre 60 y 80 quintales semanales a una comercializadora en Quito.

En busca de un sitio para descansar, el joven nos refiere que la población no cuenta con una buena infraestructura hotelera, pero existen al menos dos opciones entre las que podemos escoger: un hotel que brinda todas las facilidades (incluso televisión por cable) y unas cabañas de estilo rústico, ambas ubicadas muy cerca del parque central. 

Nos inclinamos por Cabañas Majagua compuesta pequeñas villas levantadas con materiales propios de la región.  Sus techos están cubiertos con hoja de plátano y desde sus ventanas se puede observar gran cantidad de vegetación endémica, entre las que sobresalen las plantas de la familia de las bromelias y orquídeas.

Doña Vitelia Alarcón es la propietaria de este lugar y nos atiende muy afable.  A más del hospedaje ofrece comida tradicional en su restaurante, basada en productos de la región como la yuca, el verde y palmito.  Con ellos se acompañan variados platillos como el caldo de gallina criolla, majado de maqueño, tortillas de yuca, etc.

Vitelia es una de las pioneras en el turismo de Pacto y además probablemente la artesana más destacada, pues elabora los más diversos objetos con calabaza, caña guadúa y coco.  La calabaza sirve de materia prima para confeccionar los “puros” que antiguamente eran utilizados para almacenar  agua, madurar la chicha, guardar granos, etc.  Con la caña guadua, planta típica del lugar, se elaboran cofres, ceniceros, reposteros.  Mientras que la cáscara de coco sirve para hacer pequeñas carteras, binchas para el cabello, aretes, anillos, entre otros.

Esta artesana está al tanto de las virtudes turísticas de su pueblo y da los primeros pasos, junto a un grupo de familias pactenses, en el turismo comunitario.  Cree que el potencial de esta zona y su cercanía con Quito, podría reactivar la economía, basada al momento en la agricultura y ganadería.

En Pacto se puede encontrar además variedad de especies de fauna como colibríes, loros, pájaros carpinteros, tucanes, gallinazos de cuello negro, patos silvestres, pavas de monte, golondrinas, garzas, etc.; en el río hay nutrias, peces de todos los tamaños y sobresalen las nutrias.  Su flora es abundante  y variada.

Para llegar, no es indispensable tener un vehículo propio, pues hay cuatro cooperativas de transporte interparroquial que llegan hasta allá: Otavalo, Flor del Valle, Minas o Santo Domingo.  Todas parten desde la terminal interparroquial ubicada junto a la estación del Metrobús de la Ofelia (Quito).

Los costos de estadía y alimentación son bajos en comparación a cualquier otro centro turístico, la distancia y el tiempo para llegar relativamente corto, lo que hace más atractivo este sitio para salir del ritmo de vida de la ciudad.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Mi primera vez... frente a un computador

Apenas me gradué del colegio y aun no cumplía siquiera los 18 años, cuando llegué a trabajar con quien era en esos días el editor general de diario Hoy, Gonzalo Ortiz.  Era un empleo particular para su oficina, no obstante un día me llevó a la planta del Hoy y pidió que le pasara a la computadora unos textos de análisis económico, claro, pidió a su asistente que me indicara cómo funcionaba ese aparato...

La señora muy diligente, me llevó ante el computador, el más moderno y tecnificado para su época, pues no hay que olvidar que cuando diario Hoy salió al mercado fue el pionero en el color y la tecnología.  Pues bien, para no perderme en otros detalles, me hizo sentar frente a un gran aparato de color café, con una pantalla más grande que el televisor que teníamos en mi casa y tan voluminoso como una tele antigua.  Me puso frente al teclado y me dio las claves para empezar a escribir y aquellas que debía pulsar al terminar el texto... si no lo hacía de ley se perdía....

Así empecé a aplastar las teclas como si fuese la máquina de escribir portátil que llevaba al colegio y con la que meses atrás terminé de escribir las tres copias de mi monografía de grado... Sorpresa!!! las teclas eran tan suaves que cada tecla pulsada se repetía varias veces, así que tuve que dominar de a poco mis "dedos de rodillo" para no repetir las letras.

El texto se reproducía en la pantalla a manera de una columna del periódico, es decir, no ocupaba todo el ancho de la pantalla.  Cuando terminé la tarea aplasté "k+transmit" para archivar el texto que de inmediato se transmitía a un gran servidor que estaba en otro lugar del diario y era algo así como un closet.  Ahí me mandaron a hablar con el señor técnico para que me lo imprima y así poderle entregar a mi jefe...

En fin, luego de demostrar mis habilidades frente al computador y una vez que terminó mi contrato temporal, me contrataron para hacer exactamente eso: lidiar con la computadora con la que más de la mitad de los periodistas de la época no querían entrañar amistad...  recuerdo claro sus nombres y sus actitudes.....

Así pasaron los años hasta la llegada de los 90, no recuerdo con exactitud en qué año, pero debe haber sido 1990 o máximo 1991, sonaban voces de que el señor Mantilla había comprado una super computadora que se vendía en Estados Unidos y era el último grito de la moda... en efecto, meses después llegó el nuevo aparato de la mitad del tamaño de la anterior, toda blanca y reluciente y con una pantalla que ahora equivale al tamaño de una tablet.  Era la única Macintosh classic que tenía incorporada una ranura para insertar unos disquets enanos (respecto de los que ya se conocía en esa época) y en los que supuestamente se podía almacenar un montón de información...

Para poner en funcionamiento al último grito de la moda, trajeron a una joven conocedora de sistemas que había vivido en Estados Unidos... Ella lidió varias semanas hasta ponerla en marcha y luego, junto a la asistente del director, fueron las encargadas de darme la gran noticia: había sido seleccionada para "estrenar" tal aparato y el reto era procesar la página de amenidades enteramente en este...

Fueron horas y días de trabajo duro hasta lograr cumplir con la meta... pero lo hicimos... luego de unos meses y una vez que se probó que funcionaba bien, compraron otras para algunos redactores... Igual quedaron aquellos que no se querían separar del One System y rehusaban ingresar al mundo Mac....


Y así, de ahí en adelante he probado de todo en cuanto a computadores.... del mundo mac tuve que ingresar a las desabridas pc que uso ahora, aunque sigo añorando la manzanita que no se compara con nada....

Creo que lo mío con la tecnología fue empatía a primera vista, pues ahora declaro que no podría vivir sin computadora, internet, celular, tablet, correo electrónico, twitter y otros.... al único que podría eliminar de una es al facebook que no ha logrado calar en mi corazoncito....

lunes, 25 de marzo de 2013

La ciudad donde los diablos deambulan por seis días



Se ven diablos por todos lados.  Salen de las casas, caminan por las calles, se reúnen en locales comerciales, en las esquinas o simplemente caminan todos con una sola dirección: el parque central.
En Píllaro son los días donde los diablos se toman la ciudad.  Cada uno con su propia personalidad y atuendo, alardea sus grandes o abundantes “cachos” que sobresalen en las máscaras donde prima el color negro y rojo, al igual que en sus trajes, revestidos por una capa.  Cubren su cabeza con pañoletas, sobre las cuales se colocan pelucas diversas y portan en sus manos bien sea animales disecados o simplemente de peluche.
Del 1 al 6 de enero de cada año, ese cantón de la provincia de Tungurahua revive la tradicional “Diablada pillareña”, una fiesta popular que fue declarada por la Unesco como Patrimonio Cultural Intangible del Ecuador en 2009.
Según narra Marco Toapanta, director de una de las comparsas que participa en el evento, la Diablada se inició el siglo pasado como una reacción de rebeldía frente a los hacendados para los que los pillareños trabajaban en condiciones desfavorables y quienes les daban solo un día de descanso durante el año, el 1 de enero.  Es por eso que esa fecha era aprovechada para salir a las calles disfrazarse como diablos (emulando a sus patrones) y danzar celebrando su asueto.
Marco está consciente que se manejan otras teorías respecto del origen de esta fiesta, no obstante, asegura que esta versión es la real pues se trata de la que escuchó de boca de sus abuelos desde niño, quienes a su vez narraban que así se lo contaron sus ascendientes.
La celebración empieza con el sanjuanito “Píllaro Viejo” interpretado por la banda de pueblo, a cuyo son bailan los diablos y diablas, acompañados de las “Guarichas” que representan a las “carishinas” (palabra quichua que define las mujeres vagas o poco hacendosas) vestidas con túnica blanca, su rostro cubierto con una máscara tejida con fibras de cola de caballo y pintada con las formas de la cara, sombrero negro de paño al que le cuelgan cintas de varios colores, medias del color de la piel, pañoletas decoradas sobre sus hombros que además sirven para cargar una muñeca que simboliza su “guagua” a la que le buscan un padre.  Las carishinas coquetean con quien se cruza en su camino y esporádicamente convidan a los espectadores a bailar o ingerir unos bocados del licor que llevan en su mano. 
También forman parte de la comparsa los capariches (barrenderos) ataviados con su pantalón blanco, poncho rojo, sombrero de paño negro adornado con cintas de colores y provistos de una escoba, elaborada con ramas de árboles.  Estos personajes se abren paso entre la multitud y cumplen su tarea de limpieza para que pasen los danzantes.
Sin embargo, entre todos estos personajes los que se llevan la mirada y admiración del público son los diablos.  Hombres y mujeres emplean su creatividad para lucir elaboradas máscaras de papel y cartón, en las que sobresalen cachos de carnero, dientes de grandes peces, orejas disecadas de animales muertos, etc. materiales usados para emular la figura del “Señor de todas las bestias”.  Visten trajes con capas o grandes alas de cartón y llevan en sus manos látigos o animales disecados con los que asustan a los espectadores.  La peluca que cubre su cabeza en pocos casos es de material sintético, pues la mayoría prefiere fabricarlos con características especiales usando fibras vegetales, pieles de animales, cabello humano, etc.  Los diablos danzan de una forma muy particular, mientras suenan los acordes de la banda y, cuando éstos terminan profieren gruñidos con los que se imponen como líderes del mal.
Dice la tradición del lugar, que quien decide participar en la Diablada, debe hacerlo por 12 años consecutivos, so pena de caer en desgracia.  Además, aquel que ya no va usar una máscara porque obtuvo una mejor y/o se desligará definitivamente de la festividad, no puede destruirla.  Está obligado a donarla a otra persona que cumpla ese personaje.
Esta fiesta no tiene carácter religioso, como ocurre con la mayoría de celebraciones del folclor nacional.  No obstante, como lo contó Carlos Guamán uno de los “diablos”, no tiene nada que ver con culto adoración a Satanás y aclara que el pueblo de Píllaro es mayoritariamente católico.  Incluso, como reforzando su afirmación, cuenta que antes del inicio de la fiesta, quienes desfilarán vestidos  como diablos, concurren a la iglesia a participar de la misa y llevan las máscaras que van a lucir para que sean bendecidas.
El desfile en este año 2013 contó con la participación de varias “partidas” o agrupaciones inscritas previamente, 13 en total.  Cada una de ellas está formada por alrededor de una centena de personas, encabezadas por un director.  El Municipio de la ciudad acordó con los líderes de cada “partida” las normas de su actuación, a fin de mantener la tradición intacta, impidiendo la injerencia de rasgos culturales foráneos o el abuso en el consumo del alcohol. 
Los grupos alternan sus presentaciones durante los seis días de la festividad, desfilando desde las 14h00 hasta cuando empieza a oscurecer.  No obstante, en el penúltimo y último día, su presencia de duplica, pues luego de un breve descanso posterior a su primera aparición, retornan a primeras horas de la noche con mayor ímpetu para continuar la jornada hasta cerca de la media noche.
En su actuación se someten a un jurado que determinará la “partida” ganadora.  El criterio de calificación se basa en la presentación de la comparsa, vestuario, originalidad, creatividad, respeto demostrado hacia el público y que sus integrantes no se encuentren en estado etílico.
El público sin duda, juega un papel fundamental.  Esta fiesta atrae a visitantes nacionales y extranjeros, pero además se convierte en un punto de reencuentro familiar por el retorno a su tierra de todos aquellos pillareños que migraron a diversos lugares del país o del extranjero.
Esta tradición se va heredando de generación en generación, pues entre los disfrazados hay desde niños que apenas aprendieron a caminar, hasta adultos mayores.
Santiago de Píllaro es un cantón eminentemente agrícola y ganadero.  Al llegar al lugar se aprecian amplios cultivos y llaman la atención la cantidad de árboles de peras, manzanas y claudias, frutas típicas de la zona centro del país, que incluso crecen en los jardines de las viviendas.
Píllaro es reconocida además por ser la tierra donde se cree que nació y creció el heroico Rumiñahui, quien defendió a su pueblo ante la invasión española.

Un tesoro ambiental escondido muy cerca de Quito

Muy cerca de la capital ecuatoriana (a 45 km.) está ubicada la Reserva Ecológica Antisana que se extiende en un área de 120 000 hectáreas.  Esta área protegida por su riqueza natural, toma su nombre del volcán Antisana, una elevación activa de 5 758 metros de altura.  Al sitio se puede llegar desde la provincia del Napo (a donde pertenece físicamente la reserva) o desde Quito, tomando la ruta que lleva a la población de Píntag (oriente de la ciudad). 
Llegar a este volcán es sin duda una tarea para montañistas especializados; sin embargo, los citados que aman la naturaleza, tienen una opción más amigable para admirar su grandeza y disfrutar de su entorno: ir a la laguna La Mica.
Ubicada en los páramos del Antisana  (al sur occidente de este nevado) está la laguna de La Mica, en los 3 900 msnm.  Con un paisaje místico donde es fácil observar varias especies de flora y fauna andina, y si el visitante tiene suerte podría incluso divisar el majestuoso cóndor que tiene uno de sus últimos refugios en el lugar.
Desde Píntag, el turista admira la riqueza de la vida en el campo: sus amplios pastizales, el numeroso ganado alimentándose apaciblemente.  Se puede admirar tres pequeñas lagunas enclavadas en una gran masa de roca volcánica y cuyo manejo está en manos privadas: Secas, Tipo-Pugro y Muertepungo. 
Al acercarse al destino final, y luego de un trayecto de al menos dos horas por un camino aceptable para un vehículo familiar, llegamos a La Mica.  Esta laguna, al igual que la Reserva Antisana, está bajo la administración del Ministerio del Ambiente quien ha establecido normativas claras para los visitantes a fin de evitar daños a la naturaleza o intervenciones que la afecten, como: no se puede ingresar con mascotas, no es posible acampar, prender fuego o ingresar con un vehículo hasta el área de la laguna.
Por su altitud y geografía, para pasear en este páramo es indispensable ropa abrigada y poncho de aguas, y recomendable el uso de botas de caucho. 
Los vehículos esperan en el parqueadero.  Los visitantes ingresan a pie bien sea para conocer la laguna y recorrer sus alrededores, o también para pescar ya que en sus aguas hay truchas, cuya captura controlada permiten las autoridades debido a que no son especies nativas.
Al recorrer por los caminos se puede apreciar varias especies de aves andinas como el curiquingue, y en la laguna patos y gallaretas.  No es de sorprenderse que, en los días de menor afluencia de visitantes, uno se encuentre en con un venado que al verse descubierto, emprenda una rápida huida.
El agua de la laguna es cristalina, muy fría y lo más importante para los quiteños, es la proveedora del líquido vital para el sur de Quito pues forma parte del proyecto La Mica-Quito Sur que puso en marcha el Municipio de Quito entre 1999 y 2000 y que dota de agua a al menos 160 barrios.
En fin, visitar La Mica es una experiencia enriquecedora que todo quiteño debería adquirir.